Tu problema es que confías en la gente hasta que te demuestra lo contrario. El mío es el contrario, no me fio de nadie.
Ni un extremo ni otro, ni confianza extrema ni desconfianza total. Hay que buscar el punto intermedio. Hay que observar a la gente, conocerla y darles un margen de confianza, aunque no un cheque en blanco.
En estos días me he acordado de esta frase por una conversación que he mantenido con esa nueva y sorprendente amiga de la que os he hablado en alguna ocasión. De nuevo, me ha demostrado la capacidad que tiene para conocer a la gente, como es capaz de, con pocas conversaciones, calar a las buenas y malas personas. Ha conocido a una persona a la que yo conocí hace unos años y que, durante un buen puñado de meses, me tuvo bastante engañado, pensando que era alguien divertido y buena persona, cuando en realidad era un falso y bastante mala persona. A mi me pudo engañar durante un buen tiempo, pero ella lo ha calado en menos de una semana. Impresionante.
Esto, unido a otra cosa que ha sucedido esta tarde, me hace recordar que soy una persona demasiado confiada. Pese a los años, los palos y las decepciones que me he llevado (que han sido muchos), sigo igual. Sigo entregando mi confianza con demasiada facilidad a las personas, y sigo llevándome palos. Lo que puede que haya ocurrido hoy no sería un gran palo, porque aún no me había confiado demasiado, pero si se confirman mis temores, si sería una nueva demostración de que sigo sin aprender.
Sigo sin acabar de conocer a las personas, sigo confiándome demasiado a los demás. Tengo que aprender a ver mas allá de lo que la gente dice, valorar sus actos y aprender que la confianza es algo que debe ganarse con el tiempo. Ojalá lo consiga y, sobre todo, ojalá lo que pienso que ha ocurrido hoy no haya ocurrido realmente y haya otra explicación, que aún es posible.
¿Veis? Sigo confiando en la gente, en que no me llevaré la "decepción".
2 comentarios: